18 de marzo de 2009

DIÁLOGOS GLADIÓLICOS # 1: ¿ Por qué escogiste mi nombre?

GLADIÓCRATES


PABLO – ¿Qué te parece la ilustración?

GLADIOLO – ¡Apretaste! ¿Dónde la encontraste?


PABLO – Bueno, la idea principal de estos diálogos es exponer algunos de nuestros asuntos, parodiando los Diálogos Socráticos de Platón… Se me ocurrió la idea de travestir esta imagen de Sócrates, darle algunos retoques femeninos. ¡Si no te gusta, hago otra cosa!


GLADIOLO – ¡Qué falta de respeto a ese gran filósofo! No… está bien, me gusta. Es chistosa y tiene caché. Además, no creo que estés muy lejos de la realidad. ¿Sabes por qué? Estos pensadores antiguos eran muy sabios; y tienen el halo de honorabilidad que proporciona el paso de los siglos y sus ideas brillantes. Pero eran también seres humanos. Y algunos de ellos tenían “debilidades”, como cualquier otro humano, lo único que debían soterrarlas. Nosotros tenemos ahora el chance de destaparnos. Pero dime… ¿Por qué usaste mi nombre para identificar tu bitácora?


PABLO – Admiro y respeto mucho tu integridad de carácter. A pesar de las adversidades, traiciones y discriminaciones; e incluso, el maltrato físico, emocional y sicológico que has sufrido en muchas ocasiones, has mantenido íntegra y sana tu identidad de género. No solo eso, has crecido personal y profesionalmente. Has conservado el amor al prójimo y la capacidad de ayudar a otros. Y sobre todo, no odias o te aislas socialmente, a pesar del rechazo que has sufrido.


GLADIOLO – Gracias por tus palabras, Pablo. Créeme, agradezco tu reconocimiento; sé que eres honesto cuando te expresas así. No es incredulidad - nos conocemos desde hace muchos años - ¡pero es que nos parecemos como el día a la noche! Sabiendo - por experiencia propia - lo difícil que es identificarme con aquello que está más allá de míi ámbito, ¡me es trabajoso comprender cómo has sobrepasado esa barrera, y simpatizas con mi realidad que es tan diferente a la tuya!


PABLO – ¿De verdad crees que somos como el día a la noche? No estés tan segura de esa afirmación. En lo que respecta a la sexualidad, hay quienes dudan o no llegan a estar en paz consigo mismos nunca. Otros - y ese es tu caso - no saben lo que significa la confusión yel batallar diario de sentimientos encontrados. Tú podrás entender racionalmente esto que te estoy diciendo. Pero nacida aceptándote tal y como eres, o criada con amor incondicional y asegurador - o quizás una combinación de ambas circunstancias - no experimentaste los conflictos que trastocan el desarrollo personal, o llevan a la autodestrucción.


GLADIOLO – ¡He, un momento!, ¡No lo pongas tan fácil! No fue como que nací y mis padres aceptaron que estaba en un cuerpo equivocado. Y empezaron entonces a vestirme de niña y darle muñecas a la princesita! Primero, no fue fácil aceptarme a mí misma y después darme a respetar. Lo más trabajoso fue sobreponerme a los rechazos, el aislamiento y las humillaciones de todo tipo.


PABLO – Eso está claro para mí, Gladiolo. Disculpa si no me expliqué bien. Mi intención no fue disminuir tu experiencia. Por supuesto, sé que has pasado por muchas situaciones penosas. A lo que me refería era que tu identidad, por alguna razón que ya no importa aclarar, estaba definida al nacer. ¡Si, señora…


GLADIOLO – ¡...ita, por favor, señorita. No estoy casada todavía! ¡Je…!


PABLO – Perdón, señor...ita. Tu identidad pudo haber sido lastimada más tarde por obstáculos y peligros. Pero estaba intacta en tí, lista para expresarse libremente. ¿Por qué? ¡Quién sabe y - además - qué importa! Quizás tienes un poder, como esos minerales radioactivos que - bien utilizados - encierran una energía aprovechable.


GLADIOLO – ¡Ah, eso sí, yo siempre he sido explosiva! ¡Me gusta tu teoría de mi poder termonuclear! …¡No me mires así, estaba jodiendo, ok.! En serio ahora, ¿me estás diciendo que naciste sin esa fuerza, sin esa seguridad de identidad? ¿Y por qué no?


PABLO – Tú nunca batallaste contigo mísma. No has tenido confusión de identidad alguna. Siempre supiste quien eras. Cierto, has tenido que luchar para que se acepte tu definición de tí misma; o al menos, para que se te respete. Mi situación fue diferente. En cuanto a mi identidad de género - te confieso - no estuve seguro por largo tiempo. Sobre todo durante la pubertad, cuando me di cuenta que los hombres eran quienes me atraían físicamente. Comencé a cuestionar mi identidad masculina tan pronto como me di cuenta que ni quien me atraía sexualmente - 
ni la mayor parte de mi mentalidad - se correspondían con mi envoltura física. Un ejemplo... ¡no te rías! Hubo un tiempo en que dudé cómo debía orinar: de pie, como los hombres; o sentado, como las mujeres. Ridículo y patético, ¿verdad? Pero los trastornos de identidad - ya sean de género, orientación sexual u otros relacionados a estos temas - han sido problemas estigmatizados y secretos que han atormentado por milenios a generaciones de seres humanos. A quien se le inculcaba o exigía, desde temprana edad, silenciar y negar la realidad de sus sentimientos, la coerción se justificaba porque pretendía proteger su integridad individual; pero más importante, porque se protegía el honor de la familia frente la opinión pública y, sobre todo, ante las instituciones más importantes de la sociedad. Por cierto, si te interesa saber en que terminó mi “conflicto" urinario, te diré que mi envoltura masculina terminó alienándose con el aspecto masculino de mi mentalidad. Triunfó la envoltura sobre el contenido, en detrimento de lo más genuino: mi feminidad.

GLADIOLO.– ¡Vaya…, nunca me habías hablado de esto! ¡Ahora comprendo lo que decías al principio! Es cierto, nunca tuve ese tipo de conflictos. Siempre estuve segur del modo que era. Tuve dificultades, es verdad; pero entendía el rechazo y sus motivos. Eso me ayudó a perdonar o ignorar la intolerancia, a no dejarme anular por el miedo y la vergüenza que provocan. En aquel entonces no estaba muy consciente de ese entendimiento, ni tenía idea clara de como explicar ese poder. Todo era muy intuitivo y natural, pero muy efectivo en cuanto a resultados. Era como un escudo invisible me protegiera de las agresiones externas, y hasta de mi propia negatividad; que me servía también para filtrar, dejando fuera lo dañino y permitiendo el paso de lo que fuese positivo y de buen uso.

PABLO.– Pero… ¿por qué esa seguridad, Gladiolo? ¿Por qué esa... inmunización contra el miedo, la duda, la vergüenza que paraliza a tantos?


GLADIOLO.– No sé, no puedo explicarte, Pablo, sin caer en especulaciones. Y para serte sincero, no me interesa indagarlo tampoco. Hubo una época, durante mi juventud, cuando quise encontrar respuestas. Hasta que me di cuenta que, en mi caso, éstas eran una pérdida de tiempo; que importaban un comino porque lo principal era que ya estaba resuelto. ¿Has visitado alguna vez esos sitios católicos de internet que ofrecen “respuestas y soluciones” al ‘problema’ de la homosexualidad? Tras una larga lista de posibles causas, explicaciones y desastrosas consecuencias - que más bien reflejan las tribulaciones de quien la escribe - los ejercicios exorcistas ofrecidos son la negación, la evasión y el silencio. Llegó un momento en que - para mí - buscar explicaciones era seguirle el juego a quienes persistían en cuestionar la validez de mi identidad. Era continuar un círculo vicioso que solo servía para desviar mi atención del asunto principal.


PABLO.– ¿Y qué era…?


GLADIOLO.– Ser.


PABLO.– ¿Ser?


GLADIOLO.– Si, ser. Como en el famoso 'ser o no ser, ésa es la cuestión' de Shakespeare. Así de simple, aunque suene a cliché.


PABLO.– No, tienes razón, así es. En muchos casos, lo complejo es algo que se llega por medio de la simplicidad. Se ve mucho en los avances tecnológicos modernos, en el arte contemporáneo, en los descubrimientos médicos y en las exploraciones del cosmos. ¿Conoces la anécdota de Picasso en un café parisino?... a quien un turista norteamericano le pidió que le pintara - en una servilleta - una de sus palomas estilizadas y…?


GLADIOLO.- ¡Ay si, ya me la has contado un montón de veces! No te me vayas más por las ramas, y respóndeme... ¿Por qué escogiste mi nombre para nombrar tu bitácora?


PABLO.- ¿Creo que ya te lo expliqué, no?

GLADIOLO.- Si, pero quiero oir más, chica.

PABLO.– Pues simplemente puesto: porque en el amplio Arco Iris de la Diversidad Sexual, siendo parte del grupo más incomprendido - incluso dentro de la propia comunidad LGBT - sintetizas cualidades que valoro enormemente: firmeza de carácter, valor, simpatía y mucho amor. Porque deseo asociar mi jornada por la vida con esos valores que te hacen tan especial; porque deseo compartirlos con quienes saben apreciarlos y, quizás, sean motivo de inspiración para quienes los necesiten. ¿Satisfecha, bella madonna?


GLADIOLO.– ¡Ay, si,…muchas gracias! ¡Mira, me has puesto la piel de gallina!


PABLO .– …de gallina vieja, ¿no?


GLADIOLO.– ¡Vete pa’l cipote, anda!


PABLO.- ¡A ese restaurante iba! ¿Me acompañas, por favor?


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